Andimallas: de una pequeña sede en Bogotá a un legado empresarial de 50 años

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En 1976, una herencia familiar, el apoyo de un cuñado y la experiencia acumulada durante años fueron el punto de partida de un proyecto empresarial que comenzó en una pequeña sede del barrio Prado Veraniego, en Bogotá. Lo que parecía una apuesta modesta terminaría convirtiéndose en una compañía que hoy celebra cinco décadas de historia.

La historia de Andimallas no solo habla de crecimiento empresarial. También es el relato de una familia que ha enfrentado crisis económicas, transformaciones del mercado y retos generacionales sin perder la convicción de innovar y construir una empresa con visión de largo plazo.

El comienzo de un sueño que empezó desde cero

Detrás de Andimallas no hubo grandes inversionistas ni un plan que garantizara el éxito. Su origen estuvo marcado por una decisión que cambiaría el rumbo de la vida de Edgar Luna, fundador de la compañía.

Tras finalizar su vínculo con una empresa del sector metalmecánico, donde esperaba convertirse en socio, comprendió que era el momento de emprender su propio camino. La oportunidad llegó gracias a la experiencia que había adquirido durante varios años promoviendo programas de comercio internacional en distintos países de Latinoamérica.

“Con el aporte económico de un cuñado, que era constructor, y con unos recursos que habíamos recibido de una herencia, pudimos iniciar la compañía”, recuerda Edgar Luna. Así, en una pequeña sede ubicada en el barrio Prado Veraniego, en Bogotá, comenzó una empresa que desde sus primeros años apostó por ofrecer soluciones diferentes a las que existían en el mercado.

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Para Edgar, emprender nunca significó seguir el mismo camino que otros ya habían recorrido. Desde el inicio tuvo claro que la mejor forma de competir era innovando. “Empezamos a hacer cosas que no se conocían en el país”, afirma. Esa filosofía de buscar nuevas soluciones y ofrecer productos diferentes terminaría convirtiéndose en el sello de Andimallas.

Innovar para crecer y resistir el paso del tiempo

andimallas planta

Desde sus primeros años, la compañía apostó por diferenciarse a través de la innovación. Mientras muchas empresas ofrecían soluciones tradicionales, Andimallas introdujo tecnologías poco conocidas en el país, como el recubrimiento en polvo para estructuras metálicas y el recubrimiento plástico para mallas galvanizadas, desarrollos que aumentaban la resistencia, reducían el mantenimiento y ofrecían una propuesta de valor distinta para los clientes.

“Fuimos de las primeras compañías que introdujeron el recubrimiento en polvo para puertas y ventanas. Era una pintura que después se horneaba y ofrecía mucha más resistencia a la corrosión y a la oxidación que la pintura tradicional”, explica Edgar Luna.

Ese espíritu innovador también llegó a los sistemas de cerramiento. La empresa fue pionera en el recubrimiento plástico de mallas galvanizadas, una tecnología que aumentaba su vida útil y reducía la necesidad de mantenimiento.

Con el paso de los años llegaron obras que marcarían la historia de la compañía. Entre ellas estuvo el cerramiento del Parque Metropolitano Simón Bolívar, uno de los espacios públicos más importantes de Bogotá.

“Fue un proyecto que marcó un antes y un después para nosotros”, asegura Edgar, quien también recuerda con orgullo la participación de Andimallas en el Centro Urbano de Recreación (CUR) de Compensar. “Hace más de 25 años instalamos esos cerramientos y muchos todavía siguen en buen estado”.

A estos proyectos se sumaron ocho zonas francas y cárceles de alta seguridad, obras que consolidaron la experiencia de la empresa y demostraron que la innovación podía convertirse en una ventaja competitiva sostenible.

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La crisis que puso a prueba a la empresa

Después de años de crecimiento y de participar en proyectos de gran escala, Andimallas enfrentó el que quizá fue el momento más difícil de su historia. La crisis del sector de la construcción a finales de la década de los noventa afectó a muchas empresas del país y la compañía no fue la excepción.

“Dependíamos bastante de la construcción y esa crisis nos cogió muy endeudados. Casi desaparecemos”, recuerda Edgar Luna.

Más allá de las cifras, el desafío fue sostener un proyecto que había requerido años de trabajo. “Nos propusimos como familia apretarnos el cinturón. Mi esposa y mis hijos, que ya empezaban a incorporarse a la empresa, decidieron resistir con nosotros”, cuenta Edgar.

No fue un proceso corto. Durante siete años tuvieron que afrontar dificultades económicas, reorganizar la empresa y renunciar a parte de lo que habían construido para cumplir con sus compromisos financieros. Sin embargo, abandonar nunca fue una opción.

Con el tiempo, ese esfuerzo empezó a dar resultados. La empresa recuperó su estabilidad, trasladó sus operaciones a Cajicá y continuó fortaleciendo su infraestructura para responder a nuevos retos. Actualmente, mientras avanza la construcción de una nueva planta diseñada para acompañar el crecimiento de los próximos años, Edgar mira ese capítulo como una prueba de que las dificultades se convierten en una oportunidad para volver a empezar.

Un legado que continúa escribiéndose

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Cinco décadas después, Andimallas sigue evolucionando, incorporando nuevas líneas de productos y llegando a mercados internacionales, una estrategia que le ha permitido adaptarse a los cambios del mercado. “Si una línea tiene un bajón, hay otra que ayuda a respaldar la compañía”, explica Edgar Luna, al recordar cómo la diversificación se convirtió en una de las claves para mantener la estabilidad del negocio.

Para Edgar Luna, el mayor logro no se mide únicamente en obras, infraestructura o resultados comerciales. También está en haber construido un proyecto familiar que hoy reúne a dos generaciones y empieza a abrir espacio para una tercera.

Esa continuidad ha permitido preservar los principios que han acompañado a la empresa desde su origen: la innovación, la calidad, la perseverancia y el compromiso con las personas.

Cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes sueñan con emprender, Edgar Luna responde sin fórmulas mágicas ni promesas de éxito rápido:

“No esperen resultados inmediatos. Construir una empresa toma tiempo. Hay que ser perseverantes, resistir los momentos difíciles y entender que los resultados llegan a mediano plazo”.

Después de 50 años, la historia de Andimallas demuestra que construir una empresa va mucho más allá de vender productos o desarrollar proyectos. Se trata de crear una visión capaz de trascender generaciones, adaptarse a los cambios y mantenerse vigente en el tiempo.

Y si algo resume ese legado, es una idea que Edgar Luna sigue transmitiendo a quienes hoy toman la posta del negocio: innovar constantemente, perseverar ante las dificultades y recordar que el verdadero valor de una organización está en las personas que la hacen posible.

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